Pintar el Cerro Uritorco no fue simplemente elegir un paisaje atractivo y llevar el caballete. Fue una experiencia que empezó mucho antes de tocar un pincel. Desde el momento en que decidí subir a pintarlo, sabía que no iba a ser una jornada cómoda ni predecible, pero justamente por eso tenía sentido hacerlo.
Había subido al cerro poco después de haberme mudado y de haber comenzado a vivir en Capilla del Monte, y eso había sido hacia 20 años, de manera que mi estado físico no era el mismo aunque mi estado emocional , afectivo y de comprensión de los riesgos y energías del lugar era mucho mejor.
Dentro de Pintando la Provincia, el Uritorco era uno de esos lugares que pedían ser pintados en el lugar, sin intermediarios. No desde una foto, no desde el recuerdo, sino estando ahí, con todo lo que eso implica.
Esto también forma parte de la idea original del proyecto que es pintar tanto en los camino como en la parte alta de las sierras, y el uritorco es uno de los cerros más altos de la región.
La subida: el cuerpo también entra en el cuadro

Subir al Cerro Uritorco con el equipo de pintura cambia completamente la forma de mirar el paisaje. Mientras avanzo, el cuerpo se cansa, la respiración se hace más consciente y el entorno empieza a ocupar cada vez más espacio.
Pinte en dos sesiones pero en la primera sesión había llevado demasiado equipaje por lo que la subida fue bastante lenta y dificultosa, eso me restó tiempo para pintar.
En el segundo ascenso ya iba mas preparado, con menos peso dispuesto a terminar el cuadro.
El paisaje se va abriendo de a poco. Las formas del cerro, la vegetación, el color de la tierra y el cielo empiezan a ordenarse en mi cabeza. Muchas veces, durante la subida, me pregunto si realmente cuando subimos una montaña somos nosotros los que decidimos hasta donde llegamos o es la misma montaña quien nos dice hasta que lugar podemos llegar.
Cuando llego al lugar donde decido detenerme que es un poco antes de la cima , no armo el caballete enseguida. Primero miro. Necesito entender cómo se mueve la luz, qué partes del cerro pesan más visualmente y qué puedo dejar afuera. En el Uritorco, eso es clave: es un paisaje tan cargado de información que si no simplifico, el cuadro se desarma.
POdemos tomar una pequeña piedra y ya sería un gran cuadro , pero allí encuentro el paisaje que me gusta.
Elegir dónde pintar: menos es más

Una de las decisiones más importantes fue desde dónde pintar. El Cerro Uritorco cambia mucho según el punto de vista, y no todos funcionan igual en un cuadro. Busco un lugar donde las formas tengan ritmo y donde el cerro respire dentro de la composición.
Cuando pinto al aire libre, no busco copiar todo lo que veo. Elijo. El paisaje manda, pero yo tengo que responder con pintura. En el Uritorco, eso significó trabajar con grandes masas, con contrastes claros entre cielo y montaña, y dejar que el color haga su trabajo.
Armar el caballete en ese contexto ya es una toma de posición. A partir de ahí, no hay marcha atrás: el cuadro empieza a existir.
Me preocupó todo el tiempo la luz, porque no era la optima ya que estaba pintando al mediodía. Sin embargo existían algunos contrastes interesantes entre las piedras y algunas construcciones que están en la cima , como el refugio y una edificación en forma de iglu que proyectaba una sombra semiredonda sobre el suelo.
Pintar el Uritorco al óleo: decisiones rápidas y honestas
Una vez que empiezo a pintar, el tiempo cambia de valor. La luz se mueve, el cielo se transforma y el cerro nunca es el mismo durante dos horas seguidas. Pintar al óleo en estas condiciones me obliga a decidir rápido y a confiar en lo que veo en ese momento.
No hay espacio para la corrección infinita. Cada pincelada cuenta. El óleo, aplicado directamente en el lugar, registra esas decisiones. Hay capas que quedan visibles, cambios de color que responden a un instante concreto y gestos que no se podrían repetir en un estudio.
Mientras pinto, el entorno se vuelve parte del proceso. El viento, el silencio, la amplitud del paisaje. Todo influye. En más de un momento tengo que frenar, mirar de nuevo y ajustar. No para perfeccionar, sino para ser fiel a lo que está pasando ahí.
El tiempo y el clima: aliados y obstáculos

En el Cerro Uritorco, el clima no es un detalle menor. La temperatura, el viento y la intensidad del sol influyen tanto en la pintura como en mi forma de trabajar. El óleo se comporta distinto, seca de otra manera y responde a ese entorno específico.
Eso hace que cada cuadro sea irrepetible. Aunque vuelva al mismo lugar, nunca voy a pintar el mismo Uritorco. Cambia la luz, cambia el día y cambio yo también. Esa es una de las razones por las que no trabajo con series repetidas ni reproducciones.
El cuadro que surge de esa jornada es el registro de un momento real, no una idea abstracta del cerro.
En este caso también hay que reconocer que elegí un lugar que por regla general es muy ventoso pero que en los dias que subi mágicamente había detenido el viento. Tal vez me estaban ayudando? puede ser.
El resultado: un cuadro que contiene la experiencia

Cuando termino de pintar y guardo el material, el cuadro ya tiene su propio peso. No es solo una imagen del Cerro Uritorco, es la síntesis de la subida, del tiempo invertido, de las decisiones tomadas frente al paisaje.
En este cuadro al óleo del Cerro Uritorco, queda visible la textura de la pintura aplicada en el lugar, las capas superpuestas y los ajustes hechos en el momento. No busco que el cerro sea reconocible al detalle, sino que conserve su carácter y su presencia.
Para mí, eso es lo más valioso de pintar al aire libre: el cuadro no explica el paisaje, lo transmite.
Y también pintar El valle de los espíritus es conectarse con tantas historias que hay allí, porque ese lugar ( por algo se llama valle de los espíritus) tiene un valor emblemático para el cerro y la región.
Comprar un cuadro del Cerro Uritorco pintado en el lugar
Las obras que surgen de esta experiencia forman parte de Pintando la Provincia y están disponibles en mi tienda online, pintandolaprovincia.artTienda. Cada cuadro es una obra original, pintada al óleo directamente en el Cerro Uritorco.
Quien adquiere una de estas piezas se lleva algo más que una pintura: se lleva un fragmento de esa experiencia, de ese tiempo y de ese paisaje real. No hay copias ni versiones alternativas. La obra que ves es la que fue pintada ahí.
Estos cuadros funcionan muy bien en espacios donde se busca una presencia fuerte pero serena, un paisaje que invite a detenerse y mirar.
El Cerro Uritorco dentro de mi recorrido por Córdoba
Pintar el Uritorco fue una etapa clave dentro de mi recorrido por la provincia. No solo por el lugar en sí, sino por lo que me exigió como pintor. Me obligó a simplificar, a confiar en el color y a dejar que el paisaje marque el ritmo.
Dentro de Pintando la Provincia, este cuadro dialoga con otros paisajes del norte cordobés, construyendo un recorrido que no es turístico, sino pictórico. Cada obra suma una mirada distinta sobre Córdoba, pintada desde el lugar y con tiempo.
Seguramente volveré a pintar all arriba, tal vez en otoño y me quedaré mas de un día durmiendo incluso alli ( cosa que se puede hacer) para pintar una vista más amplia en la parte más alta del cerro.
Conclusión
Subir a pintar el Cerro Uritorco al óleo y al aire libre fue una experiencia intensa y transformadora. El cuadro que surge de ese proceso no es una representación idealizada, sino el resultado de estar ahí, de mirar y de pintar sin atajos. Para mí, esa honestidad es lo que le da verdadero valor a la obra.
A continuación te dejo los videos que cuentan parte de esta experiencia:





